Hace poco escribí aquí sobre el día en que dejamos de jugar. Sobre cómo nadie nos avisa que esa va a ser la última partida, y cómo los juegos se quedan dormidos en un clóset mientras la vida se llena de cosas más serias.

Esta es la otra mitad de la historia. La de lo que pasa cuando volvemos.

Porque volvemos. Casi siempre por accidente. Alguien arma una mesa un viernes, alguien hereda una caja, alguien entra a una tienda buscando un regalo y sale con algo para sí mismo. Y de pronto estamos otra vez ahí, leyendo un reglamento con el mismo gesto de concentración que teníamos a los nueve años.

Pero no volvemos al mismo lugar.

El niño que fuimos jugaba a ganar. Volteaba el tablero cuando perdía y celebraba a gritos cuando le iba bien. El adulto que vuelve está buscando otra cosa, aunque no sepa nombrarla todavía. Está buscando una hora en la que su cabeza se ocupe de algo que no sea el trabajo. Está buscando una conversación que no pase por una pantalla. Está buscando, sin decirlo, un espacio donde pensar despacio sea un placer y no una carga.

Por eso los juegos que nos atrapan de grandes son distintos. No regresamos a tirar el dado y avanzar. Regresamos a construir redes de canales en Brass: Birmingham, a poblar un zoológico imposible en Ark Nova, a planear el vuelo de unas aves en Wingspan como si el mundo dependiera de ello. Son juegos que no se disculpan por exigirnos. Que confían en que podemos sostener una decisión difícil durante media hora y disfrutarla.

Hay quien dice que estos juegos son lentos. Yo creo que son del ritmo correcto. En un mundo que premia la reacción inmediata, sentarse tres horas a resolver un sistema con calma es casi un acto de rebeldía. Nadie te apura. Nadie te interrumpe. Solo estás tú, las reglas y la gente que quisiste invitar a esa mesa.

Eso es lo que encontramos cuando volvemos: no el juego de la infancia, sino la versión adulta de la misma alegría. Más onda, más exigente, más nuestra.

 

La mesa, resulta, nunca se fue a ningún lado. Solo estaba esperando que tuviéramos algo mejor que jugar.